"Nosotros no poseemos la verdad, es la Verdad quien nos posee a nosotros. Cristo, que es la Verdad, nos toma de la mano". Benedicto XVI
"Dejá que Jesús escriba tu historia. Dejate sorprender por Jesús." Francisco

"¡No tengan miedo!" Juan Pablo II
Ven Espiritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu para darnos nueva vida. Y renovarás el Universo. Dios, que iluminaste los corazones de tus fieles con las luces del Espíritu Santo, danos el valor de confesarte ante el mundo para que se cumpla tu plan divino. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

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miércoles, 26 de septiembre de 2012

En aquel Tiempo: Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos



Lucas escribió –previa investigación oral (Lucas 1,3)- que la familia de José de Nazaret, por su ascendencia davídica, se había empadronado en el registro de los judíos belemitas. Era lo que decían todos sin indagar fechas de archivos. Esta hoja de identidad de Jesús, con sello de judío en el corazón, le acompañó en la huida a Egipto y en el regreso a Galilea tras la matanza de “inocentes” que ordenó Herodes en Belén y sus alrededores.

En el domicilio perdido de Nazaret, está Sagrada Familia judía –igual que la rama de Séforis- vivió largos años sin peligros ni sobresaltos, como súbditos del “zorro” Herodes Antipas –hijo del Grande- que gobernó hasta el año 39 dc. Fue el rey de Jesús y de todos los habitantes de la Baja Galilea, donde construyó la flamante capital de Tiberíades, en sustitución de Séforis, Mandaba en Perea también, al otro lado del Jordán, allí ordenó, años más tarde, el degüello de Juan Bautista, en el fuerte de Maqueronte. A Jesús, de quien oyó hablar cuando ya andaba en su misión evangélica (Mateo 14,1), le tenía un reverencial respeto; luego, cuando podría haberle echado una mano en las hojas del sufrimiento, lo despreció y se burló de él poniéndole encima un manto de mal gusto (Lucas 23,11).

Jerusalén y el Templo en el corazón
Arquelao, hermano de Antipas, era etnarca de Judea y Samaria desde finales de marzo a comienzos de abril del año 4 ac. Pero los romanos lo depusieron por su ineptitud al año 6 dc, cuando Jesús contaba unos doce años. Al subir esa primavera al Templo con sus padres –como de costumbre (Lucas 2,41-50)- para celebrar la Pascua, el cruel gobernante había caído ya en desgracia y estaba quizá en su destierro de las Galias. Se instala en Judea el régimen directo de Roma bajo el primer procurador, Caponio (6-8 dc.). Según Flavio Josefo, era Quirino el legado de Siria. Y comienza también por entonces el sumo sacerdote de Anás (6-15 dc). En estas circunstancias, quizá con más libertad que en los días de Arquelao, el adolescente hijo de María razonó con los doctores del Templo (Lucas 2,43-48), como ocasión tal vez del rito del Bar Mitzvah o mayoría religiosa de edad.

Los judíos, perdida su condición política independiente, son ahora simples vasallos de la provincia procuratorial de Judea, con capital en Cesarea del Mar (6-41), hasta el reinado de Agripa I.

Mientras tanto, la vida de Jesús transcurrió en Galilea. Al final de su ministerio, cuando subió a la Ciudad Santa para las Pascuas del trienio 28-30 (Juan 2,13-24; 5,1-18; 12,12-19), el prefecto de Judea era ya Poncio Pilato (26-36 dc.). En el último viaje a Jerusalén, en el año 30, el Galileo es condenado. Sus discípulos, a pesar de que en esas fechas el monte de los Olivos se convertía en una pequeña “Galilea de peregrinos”, son menospreciados por su naturaleza y acento galileo (Mateo 26,69-73).

Roma, por su parte, tampoco olvidaba que la oposición frontal al censo –con miras a los impuestos- había sido protagonizada por Judas, otro galileo, el fundador de los zelotas. Estos, pese a sus divisiones internas, tuvieron en vilo durante setenta años a los ejércitos de ocupación, hasta llegar a hacerse con el control del país (66 dc.). Al fin, acorralados en Masada, decidieron suicidarse (73 dc.).

Los galileos desde muy atrás, habían hecho alarde de ariscos y guerrilleros, quizá por su posición de fronterizos y por no haberse nunca comprometido del todo con la causa de los judíos. Pero unos y otros coincidían en el rechazo de los conquistadores, en especial en no aceptar el duro gravamen que comportaban la sumisión (Mateo 22,17). Ni Juan Bautista (judío de Ain-Korem), ni Jesús (galileo de Nazaret) tenían nada que ver con el movimiento de los zelotas. En la línea de los profetas, se limitaron a pronosticar la ruina de la ciudad y de la nación, como consecuencia de un juicio divino. A ambos les dolía en el corazón lo que podía afectar a Jerusalén, centro del culto a Yaveh. Juan se dirige a todo Israel y le pide un cambio profundo; pecadores, prostitutas, soldados, publicanos, escribas y fariseos (Lucas 3,12-14; Mateo 21,32), todos –incluso el etnarca Antipas- deben dejar su mala vida (Marcos 6,18; Lucas 3,19) si desean evitar una catástrofe cuya índole no especifica. Les exige una moralidad basada en la justicia social (Lucas 3,11-14).

Jesús desapercibido entre las multitudes que acuden al Jordán, respalda la predicación de Juan. Con ello se opone a cuantos rechazan su bautismo: esenios, saduceos, escribas y fariseos. Como el Bautista, se mueve en la óptica del juicio de Dios contra Israel. Y se atreve a sugerir que el instrumento de Dios van a ser los dominadores, sin mencionar a los romanos. Es más explícito que su precursor. Habla de enemigos, de ejércitos y de ruinas de Jerusalén (Lucas 19,43-44; 21, 20-23; 23,28). Y como buen judío, llora de corazón al pensar que no quedará piedra sobre piedra (Lucas 19,41).

Mesías rechazado en Nazaret
Jesús, como tantos galileos, subió a Jerusalén para la fiesta de los Tabernáculos del año 3. Pero llegó solo, más tarde que sus parientes y discípulos (Juan capítulo 7). El revuelo fue enorme: “¿Cómo es posible –se decían- que este hombre sepa tanto sin haber estudiado?” (Juan 5,15). Hubo opiniones para todos los gustos, sobre todo cuando –el día último de la fiesta- se dio a la muchedumbre con estas palabras: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Juan 7,37). Unos lo aceptaban como Mesías, pero otros replicaban: “¿Acaso va a venir el Mesías de Galilea?” (Juan 7,41). Y argüían en réplica a Nicodemo: “Investiga las Escrituras y llegarás a la conclusión de que jamás han surgido profetas de Galilea” (Juan 7,52). Ya antes, de buena fe, Natanael de Caná razonaba de modo parecido: “¿De Nazaret puede salir algo bueno? (Juan 2,46). Para él, se trataba simplemente del “hijo de José de Nazaret”.

Sin embargo, ese Jesús de Nazaret había vivido 30 años con su madre, que todo “lo guardaba y lo meditaba en su corazón” (Lucas 2,51). Y él mismo, entretanto, preparaba la lección de las bienaventuranzas y de la cruz, para cumplir la voluntad del Padre.

Su amor a Galilea queda patente sobre todo en esos dos años largos de evangelización por “las aldeas del contorno” (Marcos 6,6) y alrededor del lago de Genezaret: parábolas, panes y peces multiplicados por la compasión hacia las ovejas sin pastor, milagros de bodas y curaciones en cadena. Todo para los pobres, que constituyen su auditorio habitual.

Un día regresaba de Judea a Galilea y cruzó Samaría por el pozo de Jacob. Y que le pidió de beber a una mujer de Sicar. Ella torció el diálogo y lo condujo a la cuestión batallona: “¿No eres tú judío? ¿Y cómo te atreves a pedirme agua a mí, que soy samaritana? (Juan 4,9). Juan subraya que los judíos y samaritanos no se trataban. Y ella pasó a la segunda cuestión, la del templo del Garizím o de Jerusalén.

Jesús, sin responderle directamente, la ataja diciéndole: “Nosotros, los judíos, sabemos lo que adoramos, porque la salvación viene de los judíos” (Juan 4,22). No olvides que “Dios es espíritu y los que le adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad” (Juan 4,24). Y antes de curarle el corazón de las heridas de los siete maridos, le descubrió toda la verdad, sin aclararle que él era galileo y empadronado en Judea: “El Mesías soy yo, el mismo que está hablando contigo” (Juan 4,26). Su viaje prosiguió a Galilea, donde se había escogido los primeros discípulos para hacerlos “pescadores de hombres” (Marcos 1,17).

Cafarnaún fue su segunda ciudad. Pero volvió un día a su pueblo, acompañado de sus discípulos, quizá pensando incrementarlos. Llegó el sábado y se puso a enseñar en la sinagoga ante el asombro de sus paisanos, que se miraban atónitos: “¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, de José de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no están aquí entre nosotros? (Marcos 6,3).

No pudo hacer allí ningún milagro por la falta de fe, porque “un profeta sólo es despreciado en su tierra, entre sus parientes y en su casa” (Marcos 6,4). Donde esperaba hallar aliento y colaboración, sólo encontró la indiferencia y la hostilidad.

Sinedrio y pretorio contra Jesús
También en Jerusalén –y en proceso doble- será rechazado el nazareno. La audiencia judía y el pretorio romano tuvieron el oprobio de dos nombres que manchan el pie de sendas sentencias contra el mismo reo. Caifás firmó como el número uno de los 71 miembros del sanedrín, pues era el Sumo sacerdote; Pilato, como prefecto de la provincia procuratorial de Judea. El firmante pagano –la voz de Roma- estaba escasamente al tanto del caso y pretende eludir la responsabilidad apenas iniciado el interrogatorio. Se acaba de enterar de que Jesús es galileo y quiere remitirlo a la jurisdicción de Antipas, también peregrino por aquellos días en Jerusalén (Lucas 23,7-11). Pero el “raposo” esquivó la trampa y la causa siguió su cause territorial.

A dos milenios de lejanía, los factores concurrentes presentan aún notable confusión, porque acusadores y magistrados tienen –tuvieron- escaso interés por la verdad. Y un proceso así da la sensación de una trágica frivolidad. El popular enjuiciado les resulta incómodo a ambos bandos y había que eliminarlo a cualquier precio. De parte hebrea, el verdadero motivo de la acusación era la envidia y los celos por enorme prestigio que Jesús había adquirido ante la gente del pueblo. De parte romana, se temía a los tumultos y a las rebeliones de que venían acompañadas las apariciones de los supuestos mesías.

Se tuercen los cargos contra un reo que, se niega a plantear su defensa y opta por el silencio. La acusación particular de los sacerdotes –no hay fiscal de oficio- podía haber alegado contra Jesús una doble motivación, válida al menos de puertas adentro del sinedrio:: la violación deliberada del sábado y el ejercicio de la magia al servirse del poder de Satanás para expulsar demonios. Pero, de hecho, no proceden así, sino que insistenen que el galileo ha promovido disturbios, ha blasfemado al hacerse mesías e hijo de Dios y, sobre todo, se declara rey de los judíos. Los romanos hubieran deseado pruebas de que aconsejaba la oposición a Roma en materia de tributos. Pero el Maestro fue un lince cuando zelotas y herodianos le tendieron el lazo con preguntas capciosas; supo distinguir netamente entre derechos de Dios y de Tiberio. No había, pues, otro asidero que la peligrosidad de un nuevo rey, competidor del emperador. Es lo único que tuvieron en cuenta a la hora de la condena.

Hoy, al dilucidar el grado de responsabilidad de los dos tribunales, sólo queda clara la colaboración en el arresto y, por tanto, en la sentencia y ejecución. Si Caifás resume el punto de vista judío afirmando que “es mejor que muera uno en lugar de todos (Juan 18,14). A los procuradores les molestaban los líderes inconformistas.

Por eso Pilato apoyó dos traiciones: autorizó soldados para que Judas pudiera poner al Maestro en manos del sinedrio y aceptó la posterior entrega al brazo secular. Con un “¡allá vosotros!” se lava farisaicamente las manos al darle Caifás en bandeja lo que tanto deseaba.

Al final Jesús, abandonado de todos, muere en la cruz. Su horrenda muerte es “otro” proceso contra la sinagoga de Nazaret, el sinedrio y el pretorio. El “test” alcanza también a los suyos, salvo rara excepción, pues uno lo traicionó, otro renegó de él y los demás huyeron. El Crucificado superó la prueba con la sola presencia de su madre, el discípulo Amado y un puñado de mujeres. El juicio de Dios los convierte en la verdad silenciosa que juzga a la humanidad.

El letrero trilingüe de la cruz
Jesús nunca dijo “Yo soy el rey de los judíos”, como quedó escrito en tres lenguas –y refrendado- sobre la cabecera del madero. Eco del acta de condena, la frase es fruto burlón del sarcasmo de los ejecutores. Si no llegó a los archivos de Roma, quedó anotada en los escritos evangélicos (Mateo 27,37; Marcos 15,26; Lucas 23,36; Juan 19,19).

Tal vez Pilato, a resueltas de su desconocimiento ante el “misterio” y el silencio de Jesús, llegó a creer que el nazareno había usurpado para sí el título de “rey”. Por eso lo llamó aparte y le hizo la pregunta concreta: “¿Eres tú el rey de los judíos? ¿Eres rey?” (Juan 18,33-37). Jesús fue con él igualmente claro, aunque el romano no le entendiera: “Mi reino no es de este mundo; pero soy rey. Como tú dices. Mi misión es dar testimonio de la verdad. Para eso vine al mundo” (Juan 18,36-37). Más amilanado, el prefecto repitió por mero automatismo eso que acababa de oír: “¡La verdad! ¿Qué es la verdad? (Juan 18,38). Y sin aclarar más, autorizó el tormento de los azotes. Al que los soldados añadieron la corona de espinas, el manto de púrpura, las bofetadas y el saludo de befa: “¡Salve, rey de los judíos!” (Juan 19,1-3). Crecía mientras tanto el barullo mental en el juez politeísta por la última declaración: el reo –pensaba- acaba de definirse como hijo de un dios y como rey. ¿Es un blasfemo? ¿Será un rival frente al emperador? Por eso volvió a citarlo en privado: “¿De dónde eres tú?” (Juan 18,9). Jesús ya no contestó. Respiró hondo el prefecto y le amenazó autoritariamente: “¿No sabes que yo puedo dejarte en libertad o mandar que te claven en una cruz?” (Juan 19,10).

Incapaz de ser generoso, un asalto definitivo de los judíos echó al juez contra las cuerdas: “Si lo sueltas, no eres amigo del César” (Juan 19,12). Aún por dos veces, Pilato les restregó lo de “vuestro rey” (vv. 14 y 15), pero cedió y se lo entregó para que lo crucificaran. Era la cita de todas las paradojas.

El Nazareno es condenado por las autoridades judías, las romanas y un grupo exaltado del pueblo. El resto –los inocentes- no se enteraron o estaban en la diáspora. La presunta buena voluntad de Pilato queda en entredicho por su actitud equívoca –de innoble neutralidad oportunista- ante la verdad. Lo último, en un representante de Roma, era verse reducido a una marioneta cuyos hilos movía a su antojo la habilidad de los prestidigitadores hebreos. Pero, ante la historia, ni los unos ni los otros podrán nunca lavarse las manos. Otra es que sepan perdonar los creyentes.

Félix del Buey, ofm
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Revista “Tierra Santa” Nº 753 páginas 15 a 20 año 2002

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