"Nosotros no poseemos la verdad, es la Verdad quien nos posee a nosotros. Cristo, que es la Verdad, nos toma de la mano". Benedicto XVI
"Dejá que Jesús escriba tu historia. Dejate sorprender por Jesús." Francisco

"¡No tengan miedo!" Juan Pablo II
Ven Espiritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu para darnos nueva vida. Y renovarás el Universo. Dios, que iluminaste los corazones de tus fieles con las luces del Espíritu Santo, danos el valor de confesarte ante el mundo para que se cumpla tu plan divino. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

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lunes, 24 de septiembre de 2012

Biblia: Como se conocieron San Pedro y Jesús


San Pedro Apóstol
El hombre que se convirtió en roca
El apóstol más conocido de Jesús es ciertamente Pedro. Sin embargo los Evangelios cuentan muy poco de él, y lo poco que cuentan a veces resulta contradictorio.

Sabemos que había nacido en Betsadia Julia (Juan 1,44), pueblito ubicado al norte del lago de Galilea. Siendo ya adulto se trasladó con su familia a Cafarnaúm (Marcos 1,29) para dedicarse a la a pesca con su hermano Andrés (Marcos 1,16). Estaba casado, y su suegra vivía en la casa de él (Marcos 1,30). El lazo familiar que lo unía a su mujer era tan fuerte, que aunque abandonó momentáneamente su hogar para seguir a Jesús, cuando se convirtió en misionero lo hizo acompañado por su esposa (Corintios 9,5). Parece haber tenido cierto interés por las cuestiones religiosas, porque con su hermano Andrés solía frecuentar los grupos de reflexión presididos por Juan el Bautista (Juan 1, 35-42).

Cuando queremos saber el nombre de su padre comienzan ya las discrepancias. Según Mateo se llamaba Jonás (16, 17), y según Juan se llamaba Juan (1,42).

Pero las discrepancias aparecen sobre todo en un hecho tan importante como es el de su vocación. En los evangelios tenemos tres versiones diferentes.

Un seguimiento increíble
Marcos cuenta que un día “Mientras iba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”. Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron”. (1, 16-18).

Así como está la narración resulta insólita. Es la primera vez que Pedro ve a Jesús. No sabe quién es. No lo escuchó predicar, ni lo vio hacer ningún milagro, ni sabe para que lo llama. “¿Cómo va a ir tras él? ¿Puede un hombre adulto, con familia, casa y trabajo, abandonarlo todo repentinamente y seguir a un desconocido transeúnte que aquél día pasaba junto al lago, sin preguntar quién es él, ni qué intensiones tiene? Es algo psicológicamente increíble.

Pero a Marcos no le interesaban estos planteos, ni la incoherencia del relato. Su propósito al contar de esa manera la vocación de Pedro, era mostrar la prontitud que hay que tener ante el llamado de Jesús, y la disponibilidad de dejarlo todo cuando se está frente a él. Quiso enseñar que el apóstol sigue al Señor no por sus hermosas teorías, ni por sus bellas ideas teológicas, sino por Él mismo. Como el que ama sin razón alguna. Jesús mismo debe ser el centro de nuestra atención, más allá de lo que pida, exija o disponga de nosotros.

Cuando Mateo compuso su evangelio puso el mismo relato de Marcos.

El viejo conocido
Pero Lucas, al escribir el suyo, no quiso incluir esta narración. ¿Cómo iban a creer sus lectores que fue así la vocación de Pedro? Y para que el relato tuviera realismo, hizo en su evangelio dos cambios: a) no puso el llamado al principio, sino más adelante; y b) ubicó en un contexto más adecuado la invitación de Jesús.

Así, Lucas dice que Jesús antes de llamar a Pedro hacía tiempo que predicaba, y que era muy conocido en Galilea (4,14). Que Pedro había tenido la oportunidad de escucharlo, y de presenciar muchos de sus milagros en Cafarnaúm (4,23.31-37). Incluso había estado de visita en su propia casa, y curado asombrosamente a su suegra (4, 38-39). Por lo tanto cuando Jesús lo llamó (5,1-11), el pescador de Galilea ya lo conocía muy bien.

Hizo falta una pesca
Y a la escena del llamado la cuenta así: “Jesús subió a una de las barcas, que era se Simón, y le pidió que se apartara un poco de la orilla; después se sentó, y enseñaba a la multitud desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: “Navega mar adentro, y echen las redes”. Simón le respondió: “Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes”. Así lo hicieron, y sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse. Entonces hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos acudieron, y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús y le dijo: “Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador”. El temor se había apoderado de él y de los que lo acompañaban, por la cantidad de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: “No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres”. Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron.  (Lucas 5,3-11).

Una versión corregida
Esta segunda versión de la vocación de Pedro, más lógica y coherente, tiene cuatro importantes diferencias con la de Marcos.

Primero, Pedro conocía ya desde hacia tiempo a Jesús. Había escuchado sus enseñanzas y presenciado sus milagros.

Segundo, el día del llamado, Jesús no era un mero transeúnte que pasaba junto al lago de Galilea (como en Marcos), sino estaba enseñando a la gente como Maestro prestigioso, y subido precisamente en la barca de Pedro.

Tercero, Jesús lo conquistó impresionándolo con una pesca milagrosa, es decir, en el mismo terreno en el que Pedro era experto.

Finalmente, no lo llamó para un futuro vago e impreciso como en Marcos (“los haré pescadores de hombres”), sino que lo asoció inmediatamente a su actividad misionera (“desde ahora serás”), con lo cual se entiende mejor por qué Pedro lo deja todo en aquel momento.

Con estos cuatro cambios Lucas logró crear un marco psicológico más adecuado para la vocación de Simón Pedro. Y de paso dejó una nueva enseñanza: que a veces uno cree que lo sabe toso, que es experto en los temas de su propia vida (como Pedro, sobre pesca), pero que sin embargo Jesús tiene mucho que enseñarnos, por lo que conviene hacernos discípulos suyos. Y aún cuando nos sintamos pecadores, como Pedro, que avergonzando le dijo “aléjate”, Jesús no vino a alejar a nadie de Dios, ni de la Iglesia, ni de la comunidad, sino a aceptar a todos.

Se lo presentó su hermano
San Juan, por último, nos ofrece una tercera versión. El hecho no sucedió a orillas del lago de Galilea, como en los demás evangelios, sino en Betania, al sur del país, a orillas del río Jordán. Y no fue Jesús el que salió al encuentro de los hermanos pescadores, sino Andrés, hermano de Pedro y discípulo de Juan el Bautista, vio un día a Jesús cuando se hacía bautizar, y entonces con otro discípulo anónimo fue a pedirle que les permitiera seguirlo. Jesús accedió, y se quedaron todo ese día acompañándolo y escuchando su palabra (Jn. 1,35-39). Al día siguiente fue la vocación de Pedro:

“Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías”, que traducido significa Cristo. Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: “Tu eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas”, que traducido significa Pedro”. (Juan 1,40-42). Y desde ese día Pedro se convirtió en discípulo del Señor.

Un sucesor para el ahorcado
Juan cuenta de esta manera la vocación de Pedro (y a continuación la de Felipe y Natanael), porque así los discípulos pueden ir aplicándole a Jesús todos los títulos que conocen. En efecto, en esta breve escena lo van llamando maestro (v. 38). Mesías (v. 41), el anunciado por Moisés y los Profetas (v. 45), el Hijo de José (v. 45), el Hijo de Dios (v. 49), el Rey de Israel (v. 49), el Hijo del Hombre (v. 51).

Es evidente que los discípulos no pudieron saber todo esto a los pocos días de conocerlo. Pero contado así, nos deja otra enseñanza: el discípulo debe ir profundizando todos los días en el conocimiento de Aquél a quien sigue. El que no lo conoce cada día un poco más, no es verdadero discípulo.

Aunque las tres versiones están adaptadas para trasmitir un mensaje, ¿Es posible saber cuál de ellas se acerca más a la realidad? Hoy los estudiosos sostienen que la de Juan. Porque la de Marcos parece imposible, y la de Lucas no es más que un intento de mejorar la versión de Marcos.

Además por un segundo motivo. Los Hechos de los Apóstoles dicen que al morir Judas, Pedro buscó elegir un reemplazante con las siguientes condiciones: “Que nos haya acompañado mientras vivía el Señor Jesús con nosotros, desde los tiempos en que Juan bautizaba” (Hechos de los Apóstoles 1,21-22) Esto confirma que los discípulos se habían unido realmente a Jesús a la época de su bautismo, como lo cuenta Juan.

De Simón a Pedro
Otro enigma de la vida de Pedro es su cambio de nombre. Sabemos que se llamaba Simón, y que Jesús le puso Pedro (o Cefas, en arameo). Pero ¿Cuándo sucedió esto? También en los evangelios hay tres versiones.

Según Juan, como ya vimos, fue el primer encuentro que tuvieron, cuando Andrés lo llevó ante Jesús (1,42). Porque en ese momento Simón comenzaba una nueva etapa en su vida, y necesitaba un nombre nuevo.

En cambio para Marcos fue más adelante, al ser elegido miembro de Los Doce: “Eligió a doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar y expulsar demonios. Instituyó a Los Doce, y puso a Simón en nombre de Pedro” (Marcos. 3,14-16; Lucas 6,14). Porque para Marcos, Simón adquiere su nuevo rol como integrante de Los Doce.

Finalmente Mateo es el que cuenta la versión más conocida. En cierta oportunidad Jesús preguntó a los apóstoles que opinaban de él, y Simón contestó que era el Mesías. Entonces Jesús lo felicitó por su respuesta, y agregó: “Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mateo 16,13-20). Así según Mateo el nuevo rol de Pedro comienza cuando Jesús lo elige como fundamento y pilar de su nueva Iglesia.

Muy frágil para ser piedra
¿Es posible también aquí saber cuál de las tres tradiciones es la histórica? Resulta difícil. Incluso algunos descalifican las tres versiones, y piensan que no fue Jesús el que le puso a Simón el nombre de Pedro sino los primeros cristianos, cuando después de la resurrección del Señor, Pedro se convirtió en el principal dirigente de las comunidades, y por lo tanto en la piedra sobre la que ellos se apoyaban.

Pero es inexplicable que los primeros cristianos, conociendo lo débil y cobarde que Pedro había sido durante la pasión y muerte de Jesús, y las tres veces que lo había negado, le hayan puesto precisamente el nombre de “piedra”, “roca”. Sólo se entiende que lo llamaran así, si este nombre provenía del mismo Jesús.

Además los cuatro evangelios afirman, aunque con versiones diferentes que fue Jesús quien personalmente le puso el nombre de Pedro. Si se lo hubieran puesto los primeros cristianos, resultaría difícil explicar la unanimidad de la tradición.
Por eso la mayoría de los biblístas sostiene que el nombre “Pedro” (o Cefas) le fue dado a Simón directamente por Jesús en  algún momento de su vida, aunque no sepamos cuando.

El jefe indiscutido
Los evangelistas, pues, no buscaron ofrecernos datos históricos sobre la vida de Simón Pedro sino que, con la información que tenían, nos transmitieron un mensaje, inspirados por el Espíritu Santo.

Pero hay algo en lo que todos coinciden, no obstante las diferencias de enfoque, y es el lugar destacado que Pedro ocupó dentro del grupo de los apóstoles. En efecto, aparece en todos los evangelios como el vocero y representante de los demás.

Así, es él quien pregunta el significado de las parábolas difíciles (Mateo 15,15 Lucas 12,41). El que quiere saber cuántas veces hay que perdonar (Mateo 18,21). El que averigua sobre la recompensa que les dará Jesús por haberlo seguido (Mateo 19,27). El que pide explicaciones sobre la higuera que se había secado milagrosamente (Marcos 11,21). El que pregunta sobre los detalles del fin del mundo (Marcos 13,3).

Es el apóstol Pedro el que responde cuando Jesús pregunta quién lo ha tocado entre la multitud (Lucas 8,45). El que confiesa que Jesús es el Mesías (Marcos 8,29). El que promete al Señor que Los Doce no lo abandonarán (Juan 6,68). El que hace el audaz pedido de caminar sobre las aguas una noche de tormenta. (Mateo 14,28). El que asegura estar dispuesto a ir con Jesús a la cárcel y a la muerte (Lucas 22,23). El que, camino a Getsemaní, exclama: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo no” (Marcos 14,29).

Esto demuestra la indudable jerarquía de la que Pedro gozaba durante la vida de Jesús.

La muerte boca abajo
La última vez que el Nuevo Testamento habla de Pedro es durante el Concilio de Jerusalén, en el cual el Príncipe de los apóstoles propuso liberar a los cristianos de la práctica de la Ley de Moisés, con lo cual el cristianismo se independizó definitivamente del judaísmo (Hechos 15,7-11). Después desaparece, y ya no volvemos a tener información sobre él.

¿Qué fue de su vida? ¿Qué fin tuvo aquel pescador galileo, convocado personalmente por Jesús para el proyecto más fantástico de la historia, que tuvo el privilegio de verlo, tocarlo, estar a solas con él, escuchar las enseñanzas de su propia boca? Numerosas leyendas posteriores trataron de explicarlo.

Según éstas, luego del Concilio de Jerusalén Pedro se traslada a Roma. Allí convirtió con su predicación a las cuatro concubinas del Prefecto romano Agripa, las cuales abandonaron su estilo de vida y siguieron a Jesús. También convirtió a Xantipa, la favorita del Emperador, quien decidió vivir desde entonces en castidad perpetua. Enfurecidos ambos gobernantes resolvieron acabar con Pedro, por lo que el apóstol debió escapar de la ciudad. Pero cuando estaba huyendo, Jesús se le apareció por el camino. Pedro le pregunto: “Domine ¿Quo Vadis?” (Señor: ¿A dónde vas?). Y él le contestó: “Voy a Roma a ser crucificado de muevo”. Entonces aquél comprendió que Jesús decía tales palabras al ver que su discípulo principal huía cobardemente, y decidió regresar y morir con valentía.

La mujer de Pedro había sido también apresada, y fue crucificada delante de él, mientras lo obligaban a mirar la escena. Pero Pedro la animaba diciéndole: “Acuérdate del Señor, acuérdate del Señor”. Fue tal la fe que él demostraba, que el carcelero terminó convirtiéndose al cristianismo. Y cuando llegó el momento de la crucifixión de Pedro, pidió que lo colocaran cabeza abajo, porque no era digno de morir  de la misma manera que el Señor.

Un largo conocimiento
Ignoramos cuándo conoció Pedro a Jesús (como ignoramos otros detalles de su vida). Pero si bien existió ese día, sabemos que a Pedro le llevó toda una vida conocer al Señor. Con enojos, malentendidos, negaciones, caídas, infidelidades. Pero el pescador galileo no se amedrentó, y lo siguió hasta el final. Sabía que se había embarcado en una aventura sin retorno, sin añorar lo que había dejado, sin mirar atrás.

Y amó a Jesús con tanta devoción, que terminó dando la vida por él de la manera más cruel.

Es que cuando uno descubre un ideal que vale la pena, todas las demás cosas de su vida pasan a ser secundarias. Tan secundarias que hasta se es capaz de morir dolorosamente por él. Incluso cabeza abajo. Como lo hizo el rudo pescador galileo, luego de haber descubierto a Jesús, y comprendido que ya no había en su vida nada más grande por que vivir.

P. Ariel Álvarez Valdés.

Fuente: Revista Tierra Santa Nº 754 páginas 9 a 14 año 2002.

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